viernes, 10 de febrero de 2017

COFRADÍAS.- El artículo "El Nazareno y su padre" de Carlos Navarro Antolín y la foto "Caridad y tiniebla" de José Antonio Zamora, premios periodísticos del Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla

Foto premiada de José antonio Zamora
El Consejo de Hermandades y Cofradías de Sevilla, que preside Joaquín Sainz de la Maza, ha informado del fallo del jurado de los premios de Periodismo "Fernando Carrasco" y Fotografía "Jesús Martín Cartaya", convocados por la entidad cofradiera..
Los trabajos elegidos fueron: El artículo del periodista Carlos Navarro Antolín, con el título "El nazareno y su padre", publicado en el "Diario de Sevilla", y la fotografía de José Antonio Zamora Moya, con el título "Caridad y tiniebla", publicada en el Anuario de la Hermandad del Gran Poder y en Pasión en Sevilla.
El Consejo de Cofradías de Sevilla comunicará oportunamente el día y lugar del acto de entrega de los premios.

EL NAZARENO Y SU PADRE
* Este es el artículo premiado,, escrito por el periodista Carlos Navarro Antolín, y publicado en el "Diario de Sevilla" el 6 de marzo de 2916, en "Puerta de Palos":

QUÉ vida más corta para una cofradía tan larga. San Bernardo es la cofradía de los niños y de los acompañantes de los niños. Es un cinturón morado y negro que siembra el centro de elegante y popular algarabía. Salud, caireles, guantes de piel, orfebrería dorada, cera gorda, pies desnudos sobre los adoquines, el sol que castiga en el Puente, el indulto de la sombra de San José, el quiebro que desemboca en la estrechez de Muñoz y Pabón, los altos candelabros de codales que acarician los brazos del Señor, la marcialidad de los escoltas de Artillería, el embrujo del regreso nocturno, casas nuevas y otras con la piel descascarillada. La de San Bernardo está poblada de niños, de niños grandes con nombre de Rey Santo.
Está de luto el barrio, pero el barrio no quiere saberlo, prefiere perder la vista en el tendido de la vida. Martín Cartaya remonta con discreción la cofradía para buscar al padre, elegante señor de paisano, y al hijo, cubierto por el antifaz. ¡Ahí está el retrato, Jesús! La máquina dispara. La escena es una fabulosa estampa de cofradía de barrio viejo. No lo toquen, que así es el arrabal. Que venga Grosso, abra el caballete y se ponga a pintar. El hijo nazareno y su señor padre. Un nazareno bebe agua, otro da caramelos, un bebé duerme el Miércoles Santo en su capazo con una vara terciada en el carrito, proclama de la defensa de la vida. Hay un nazareno sólo, sin acompañante, que descansa la espera en el azulejo azul y plata de la Candelaria, un diputado hace sonar el palermo, otro reza el rosario dejando ver las cuentas engarzadas en unas manos que revelan la cincuentena, uno se agita el antifaz para dejar entrar algo de brisa, otro moldea la corona del cirio con el pulgar. Una madre coloca alfileres en el antifaz de un nazarenito para que lleve la cara al aire, Mateo Alemán del Miércoles Santo.
La cofradía se estira dejando repartidos los óleos de su elegancia en el hermoso serpenteo que busca la Alfalfa. El barrio está de luto, pero no quiere vestirse de negro. Se niega a hacerlo como el toro bravo se niega a doblar, boca cerrada, firmes los cuartos traseros y cabeza alta. No le hables de muerte al niño grande y de voz tronante. No le hables de muerte al niño alto que cruza los brazos, abre el compás de las piernas y se entrega con intensidad a la tertulia. La vida es un puente donde las farolas de forja, hermosos mástiles de luz, son las parejas ordenadas de la cofradía cotidiana.
Qué sevillano es acompañar en silencio al Cristo de la Salud desde la alta mar del puente hasta la playa serena de Santa María la Blanca. Allí viene el nazareno con su señor padre a la vera, cirineo de paisano en las horas de penitencia. No hablan, pero van dialogando. El nazareno es alto, recio y de ojos claros. El padre, traje cruzado, gafas de sol y pico de pañuelo blanco a la vista. Estos nazarenos de San Bernardo recitan en su caminar una letanía de alegría y silencio, una letanía morada y azul, una letanía de plata y oro, una letanía de barrio y centro, una letanía de salud y fe.
El barrio está de luto y no quiere verlo, no quiere verlo. Los niños no se mueren, no pueden morirse, son caireles que tintinean siempre a la vera del Refugio, angelitos juguetones de canastillas, soldaditos artilleros siempre de guardia, flores rojas a los pies del Señor. Yo veo hoy a Fernando Carrasco echar la vista atrás, licencia sólo permitida a los nazarenos de barrio, para mirar al Cristo de la Salud clavado en la Puerta de la Carne, recién bajado el puente y con los claveles pidiendo agua, con la silueta recortada de monseñor Álvarez Allende, vara, sotana, manteo y bonete con borla morada al ser párroco por oposición. “Qué pedazo de paso, Fernando. Está soberbio hasta con el tío de los globos de fondo”. Y Fernando musita bajo el antifaz la certera sentencia con la que siempre remata los temas importantes: “Eso digo yo”. Y se va el nazareno adulto con el niño grande que siempre ha llevado dentro. Su padre va muy cerca, con discreción, con el tacto de no molestar al público ni estorbar a los otros nazarenos. Qué vida tan corta para una cofradía que siempre esperamos larga.

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